En una conocida lista elaborada a partir del Oxford English Corpus, time aparecía como el sustantivo más frecuente del inglés. No love. No death. No war. Time. En castellano no necesitamos consultar un corpus para entender por qué ocupa tanto espacio. Es la palabra que usamos para llegar tarde, perder oportunidades, envejecer, acordarnos de alguien, hervir pasta, pedir vacaciones, mirar el reloj durante una reunión que no termina nunca y preguntarnos cuánto nos queda.
La palabra tiene además una doble vida. La Real Academia Española coloca bajo la misma entrada la duración de las cosas y el estado de la atmósfera. Hablamos del tiempo que pasa y del tiempo que hace. La misma palabra sirve para hablar del avance del universo y para decidir si sales con una rebequita.
Eso no es una extravagancia exclusivamente nuestra. El italiano hace algo parecido con tempo, y otras lenguas romances conservan parentescos semejantes. Aun así, la coincidencia dice bastante sobre el mundo del que venimos. Durante casi toda la historia humana, ambas cosas estuvieron unidas. El tiempo no aparecía en una esfera digital ni en un calendario compartido de Google. Estaba en la lluvia que llegaba o no llegaba, en la sombra de un palo moviéndose sobre la tierra, en el río que crecía cada año y en el frío que avisaba de que más valía haber guardado comida. Para un campesino de hace diez mil años, equivocarse con el tiempo no significaba conectarse tarde a una llamada. Podía significar sembrar demasiado pronto, recoger demasiado tarde o pasar hambre cuando llegara el invierno. El primer reloj no fue una máquina, fue una necesidad.
Durante milenios vivimos mirando hacia arriba. El Sol marcaba los días, la Luna ordenaba las noches y las estrellas ayudaban a prever estaciones, viajes y cosechas. El tiempo era visible, cíclico y local. El mediodía llegaba cuando el Sol alcanzaba su punto más alto sobre tu pueblo. Si en la aldea de al lado ocurría unos minutos antes, a nadie le quitaba el sueño. Nadie se movía lo bastante rápido para que esa diferencia importara.
Lo curioso es que, después de medirlo durante miles de años, seguimos sin saber muy bien qué estamos midiendo.
Hacia el año 397, Agustín de Hipona escribió en sus Confesiones una frase que parece salida de una conversación de madrugada, aunque la redactó un obispo norteafricano hace más de dieciséis siglos. «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé».
Sigue siendo una de las mejores respuestas disponibles porque deja el problema completamente expuesto. Todo el mundo sabe qué es el tiempo hasta que alguien le pide que lo explique.
Aristóteles había intentado hacerlo siete siglos antes. En el libro cuarto de su Física, hacia el 350 antes de nuestra era, lo definió como «el número del movimiento según el antes y el después». La frase no invita precisamente a tatuársela, pero lleva más de dos mil años dando vueltas por ahí. Aristóteles estaba tratando de ordenar un problema que a los griegos les había dejado un dolor de cabeza considerable.
Un siglo antes, Zenón de Elea había formulado una paradoja aparentemente sencilla y casi imposible de resolver: Aquiles, el corredor más rápido de Grecia, compite contra una tortuga. Como Aquiles es Aquiles y la tortuga es una tortuga, le concede unos metros de ventaja. Para alcanzarla debe llegar primero al punto desde el que salió. Cuando llega allí, la tortuga ya ha avanzado un poco. Aquiles tiene que alcanzar ese nuevo punto, pero al hacerlo la tortuga ha vuelto a moverse. Después ocurre otra vez, y otra, y otra. Si sigues el razonamiento sobre el papel, Aquiles nunca la alcanza.
El problema es que la alcanza enseguida. Cualquiera que haya visto correr a una persona y a una tortuga sabe que el universo no funciona como la demostración de Zenón. La paradoja importa porque revela una grieta en nuestra manera de pensar el movimiento, el espacio, el infinito y el tiempo. Si dividimos un trayecto en infinitas partes, ¿cómo consigue alguien recorrerlo?
Aristóteles intentó sacar el tiempo de esa trampa. Para él no era una colección de instantes muertos, como si el universo fuese una película cortada en fotogramas sueltos. El tiempo tenía que ver con el cambio. Una flecha salía del arco y después quedaba clavada en la madera. Un niño nacía y luego crecía. Una estrella aparecía por el horizonte y horas más tarde desaparecía. Sin cambio, la palabra tiempo empezaba a quedarse sin trabajo. Si no se moviera una estrella, ni vibrara un átomo, ni envejeciera una célula, ni cambiara un pensamiento, ¿qué estaríamos llamando tiempo exactamente?
La respuesta abría otra pregunta. Si el tiempo es una manera de contar el cambio, alguien tiene que contar. Y si nadie cuenta, ¿sigue habiendo tiempo?
Newton pensaba que sí.
Isaac Newton no era un cualquiera. Fue el hombre que cogió una parte considerable del caos del mundo y la metió en una maquinaria matemática. Antes de él, el cielo y la Tierra todavía parecían reinos distintos. Las piedras caían, los planetas giraban, las mareas subían, los cometas aparecían como malos presagios y Dios seguía al fondo de casi todas las explicaciones. Después de Newton, una manzana, la Luna y Júpiter podían obedecer las mismas leyes. Para construir un universo así necesitaba un escenario estable.
En 1665, la peste cerró la Universidad de Cambridge y Newton volvió a la granja familiar de Woolsthorpe. Tenía veintitrés años. La imagen es casi demasiado buena para ser cierta, pero lo fue bastante. Un joven aislado en el campo, lejos de las clases, los profesores y el ruido académico, se puso a pensar. Durante ese retiro trabajó en ideas que alimentarían el cálculo, la óptica y la gravitación. La famosa manzana pertenece a esta época, aunque conviene no imaginarla cayendo teatralmente sobre su cabeza, como si el universo le hubiera tirado una pista.
La manzana era lo de menos. Newton estaba construyendo un mundo en el que los proyectiles dibujaban curvas, los planetas obedecían órbitas y una fuerza invisible actuaba en todo el cosmos. Ese mundo necesitaba un marco que no dependiera de los caprichos de un observador ni de la torpeza de un reloj. Necesitaba un fondo estable sobre el que pudieran ocurrir todas las cosas.
Ese fondo era el tiempo.
En los Principia Mathematica, publicados en 1687, Newton escribió que el tiempo «absoluto, verdadero y matemático» fluye uniformemente por su propia naturaleza, sin relación con nada externo. La frase sostiene toda una arquitectura del universo. También resulta extraña cuando uno se detiene a mirarla.
Vacía mentalmente el cosmos. Quita las estrellas, los planetas, el polvo y la luz. Quita los relojes y a los humanos. Quita cualquier cosa capaz de moverse o cambiar. Para Newton, incluso en ese vacío seguiría habiendo algo fluyendo. El tiempo continuaría allí, corriendo para nadie.
Un reloj podía atrasarse. Una ciudad podía equivocarse al calcular el mediodía. Un monje podía rezar a la hora incorrecta. Esos eran fallos de nuestros instrumentos, no del tiempo. Por debajo fluía un tiempo verdadero, perfecto e indiferente, como una corriente invisible sobre la que se desplazaba el universo entero.
Newton no separaba esta idea de Dios como lo haríamos hoy. En la Óptica habló del espacio infinito como el sensorium de Dios, el medio a través del cual la divinidad podía percibir y actuar sobre la creación. Hablaba allí del espacio, no exactamente del tiempo, pero la imagen ayuda a entender su mundo. Espacio y tiempo no eran herramientas humanas para poner orden. Formaban parte de la arquitectura profunda de la realidad.
Durante más de dos siglos, ese tiempo absoluto fue casi invencible. También sigue siendo nuestro sentido común. Un minuto en Madrid debería durar lo mismo que un minuto en Tokio. Un segundo junto al mar debería ser idéntico a otro en una montaña. Si dos personas discrepan sobre la hora, suponemos que una lleva mal el reloj. No se nos ocurre pensar que puedan tener razón las dos.
Antes de que la física atacara esa certeza, Immanuel Kant la había puesto en duda desde otro sitio. No miró los planetas, la gravedad ni los relojes. Miró la mente.
Para Kant, el tiempo no era una cosa del mundo como una piedra, un árbol o una mesa. Era una forma de nuestra experiencia. No vemos el tiempo flotando ahí fuera. Vemos acontecimientos y nuestra mente los ordena en una secuencia. Antes, ahora, después. Sin esa estructura, la realidad no sería una historia. Sería una avalancha de impresiones sin orden. Kant no decía que el reloj de la pared fuese imaginario. Decía algo más curioso. La propia posibilidad de entender el mundo como una sucesión depende de que nuestra mente venga preparada para colocar los acontecimientos en fila.
Casi dos siglos después, Michel Siffre bajó a una cueva y encontró una versión corporal del problema. En 1962, el joven geólogo y espeleólogo francés pasó sesenta y tres días solo en una cavidad de los Alpes Marítimos. No llevaba reloj, no veía el Sol y nadie le decía la fecha. Comía cuando tenía hambre, dormía cuando tenía sueño y avisaba por radio al equipo de la superficie al despertarse, al comer y al acostarse. Los de arriba podían escucharle, pero tenían prohibido darle ninguna pista temporal.
Cuando le comunicaron que el experimento había terminado, Siffre creía que todavía faltaban unas dos semanas. Su cuerpo había seguido contando, pero no al mismo ritmo que el calendario exterior. Sin amaneceres, lunes ni comidas a una hora fija, el tiempo no desapareció. Se volvió íntimo, maleable y bastante poco obediente. A Kant le habría encantado aquella cueva.
J. M. E. McTaggart decidió llevar el problema un poco más lejos. En 1908 publicó en la revista Mind un artículo titulado The Unreality of Time. El título ya iba cargadito. Su argumento, reducido a lo esencial, sostenía que el tiempo tal como lo pensamos se contradice a sí mismo.
Piensa en tu propia muerte. Ahora pertenece al futuro. El día que ocurra será presente. Después quedará en el pasado. El mismo acontecimiento parece ser futuro, presente y pasado. No a la vez, responderás. Depende de cuándo lo mires. Ahí comienza el problema de McTaggart. Para explicar ese cuándo necesitas otro tiempo desde el que ordenar los tres estados. Ese segundo tiempo necesitaría un tercero, y luego otro. La escalera no toca suelo nunca. Cada «depende de cuándo» exige un nuevo «cuándo».
Su artículo lleva más de un siglo dando por saco a filósofos profesionales. No está mal para alguien que afirmó que el tiempo no existe.
Mientras los filósofos discutían si el tiempo estaba en el mundo, en la mente o en ninguna parte, la humanidad tomó una decisión mucho más práctica. Empezó a convertirlo en una herramienta. Cuanto menos entendíamos qué era, más poder le entregábamos para organizar nuestra vida.
Primero fue el monasterio. La jornada monástica no podía depender de que alguien mirara el cielo con buena voluntad. Había horas para rezar, trabajar, comer, dormir y volver a rezar. La Regla de san Benito ordenaba el día con una precisión que hoy puede parecer austera, pero que entonces tenía un sentido profundo. Rezar tarde no era llegar tarde a una reunión. Era desordenar la relación con Dios.
Los relojes mecánicos comenzaron a aparecer en las ciudades europeas entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV. Eran grandes, caros y no siempre muy fiables, pero hicieron algo extraordinario. Separaron poco a poco la hora del Sol. Antes, la duración de una hora podía variar con la estación. En verano el día se estiraba. En invierno se encogía. El reloj impuso una idea mucho más abstracta. Una hora debía durar lo mismo aunque lloviera, fuese de noche o nadie mirase al cielo.
El cambio parece pequeño porque hemos nacido dentro de él. No lo fue. Cuando puedes dividir el día en unidades iguales, puedes dividir también el trabajo. Puedes exigir horas, pagarlas, venderlas, perderlas y robarlas. En 1967, el historiador británico E. P. Thompson describió en Past & Present el paso de una economía orientada por tareas a otra disciplinada por el reloj. No es lo mismo trabajar hasta terminar la cosecha que trabajar de ocho a cinco. En el primer mundo manda la tarea. En el segundo manda la hora.
El reloj empezó midiendo la vida y acabó reorganizándola.
Uno de los episodios más bonitos de esta historia ocurrió en el mar, un lugar muy poco amable con las abstracciones. Durante siglos, navegar tuvo un problema enorme. La latitud podía calcularse bastante bien observando el Sol o las estrellas. La longitud era otra historia. Saber cuánto te habías desplazado hacia el este o el oeste resultaba mucho más difícil. En medio del océano, no saber dónde estás no es una molestia. Es una forma lenta de morir.
En 1707, una flota británica calculó mal su posición y chocó contra las rocas de las islas Sorlingas. Se perdieron cuatro barcos y murieron alrededor de mil cuatrocientos marineros. El desastre contribuyó a que el Parlamento británico aprobara en 1714 la Ley de la Longitud y ofreciera una recompensa enorme a quien resolviera el problema.
La solución tenía una elegancia casi absurda. Para saber dónde estás en el espacio, necesitas saber qué hora es.
Si conservas la hora exacta del puerto de origen y la comparas con el mediodía solar del lugar donde te encuentras, puedes calcular cuánto te has movido alrededor del planeta. La Tierra gira quince grados por hora. Una hora de diferencia equivale a quince grados de longitud. El verdadero problema era transportar una hora exacta dentro de un barco sometido a humedad, sal, golpes, balanceo, tormentas y cambios de temperatura.
John Harrison, un carpintero inglés convertido en relojero, dedicó décadas a resolverlo. Construyó un cronómetro tras otro, cada vez más preciso, hasta llegar al H4, una máquina de aspecto parecido a un reloj de bolsillo grande. En la prueba que comenzó en 1761, el H4 permitió llevar la hora de Greenwich hasta Jamaica con un error de apenas unos segundos. Un barco podía conservar Londres en mitad del Atlántico.
Harrison no fabricó solo un reloj mejor. Convirtió el tiempo en una forma de localizarse sobre el planeta. Saber la hora dejó de ser una cuestión de orden. Pasó a ser una cuestión de supervivencia.
Después llegaron los trenes y terminaron de arrebatarle al tiempo su carácter local. Antes del ferrocarril, cada ciudad podía vivir con su propia hora solar. Que Liverpool tuviera unos minutos de diferencia con Londres era pintoresco e irrelevante. Los caballos, los carros y las personas caminando dejaban margen para muchas incoherencias. Los trenes no.
Una red ferroviaria necesita salidas, llegadas, cruces y conexiones. Si cada ciudad conserva su propio mediodía, el horario se convierte en una invitación al desastre. El 18 de noviembre de 1883, los ferrocarriles de Estados Unidos y Canadá sustituyeron decenas de horas locales por zonas horarias normalizadas. Al año siguiente, la Conferencia Internacional del Meridiano reunió en Washington a delegados de veinticinco países y eligió Greenwich como meridiano de referencia mundial. (Francia aceptó a su manera… durante años describió su hora legal como la hora media de París retrasada nueve minutos y veintiún segundos).
El tiempo dejó de pertenecer al Sol de tu plaza. Pasó a pertenecer a una red.
La Revolución francesa había comprendido antes su poder político. En 1793 adoptó el calendario republicano. Dividió el año en doce meses de treinta días con nombres nuevos, entre ellos Vendimiario, Brumario, Germinal y Floreal. Sustituyó la semana de siete días por una década de diez y borró el domingo cristiano del calendario. El año comenzaba en el equinoccio de otoño, por “coincidencia” cerca del aniversario de la proclamación de la República. Cambiar el régimen exigía cambiar hasta la forma de contar los días.
Napoleón lo abolió, sin pensarlo demasiado, a finales de 1805. Probablemente ya tenía bastante con reorganizar Europa.
La Unión Soviética ensayó su propia operación en 1929. La nepreryvka implantó una semana laboral continua de cinco días. Los trabajadores se dividían en grupos con descansos distintos para mantener las fábricas abiertas sin interrupción. Sobre el papel parecía eficiente. En casa era un desastre. Tu día libre podía no coincidir con el de tu mujer, tus hijos ni tus amigos. La fábrica no paraba, pero las familias dejaron de encontrarse.
El sistema de cinco días fue sustituido en 1931 por otro de seis, con días comunes de descanso, y la semana tradicional de siete días regresó en 1940. El experimento duró más de una década, pero no de la misma forma. El calendario podía imponerse por decreto. La vida social tenía otros planes.
Ni siquiera todas las culturas colocan el tiempo delante y detrás del cuerpo de la misma manera. En 2006, Rafael Núñez y Eve Sweetser publicaron en Cognitive Science un estudio sobre el aymara que combinaba lenguaje y gestos. Algunos hablantes señalaban hacia delante al hablar del pasado y hacia atrás al referirse al futuro. A nosotros nos parece invertido, pero la lógica es impecable. El pasado está delante porque ya lo has visto. Es conocido. El futuro queda detrás porque no puedes verlo. Se acerca por la espalda.
En castellano decimos que miramos hacia el futuro y dejamos atrás el pasado. La expresión parece natural porque la hemos repetido miles de veces. No describe el universo. Describe una metáfora cultural que se nos ha olvidado que era metáfora.
Y entonces llegamos al siglo XX, donde la física prometía aclarar el asunto. Hizo más bien lo contrario.
En 1905, Albert Einstein tenía veintiséis años y trabajaba como examinador de patentes en Berna. En su tiempo libre publicó la teoría de la relatividad especial. Su punto de partida podía formularse de manera sencilla, aunque sus consecuencias resultaban difíciles de aceptar. La velocidad de la luz es la misma para todos los observadores inerciales. Si eso se mantiene, otras cosas tienen que ceder. Entre ellas, el tiempo.
Newton había construido un universo con un reloj único. Einstein mostró que ese reloj no existe. No hay un gran ahora cósmico latiendo igual en todas partes. Dos sucesos que para ti ocurren al mismo tiempo pueden no ser simultáneos para alguien que se mueve de otra manera. El presente, que parecía el suelo más firme de la experiencia, depende del observador.
Esto no es una sutileza filosófica. Se mide.
Entre 2015 y 2016, Scott Kelly pasó 340 días seguidos en la Estación Espacial Internacional mientras su hermano gemelo Mark permanecía en la Tierra. El estudio de gemelos de la NASA se centró sobre todo en cambios fisiológicos, no en pesar directamente la relatividad entre ambos. Aun así, las ecuaciones permiten calcular el efecto. Por su velocidad orbital, Scott acumuló unos pocos milisegundos menos que si hubiera permanecido en la superficie. No volvió notablemente más joven. Volvió una fracción diminuta de segundo más joven. Basta para demostrar que la diferencia no es metafórica.
Los muones realizan una demostración parecida cada día. Estas partículas se forman cuando los rayos cósmicos chocan con la atmósfera y tienen una vida media tan breve que, a velocidades corrientes, muchas no deberían alcanzar el suelo. Sin embargo, viajan cerca de la velocidad de la luz. Desde nuestro marco de referencia, su tiempo de vida se dilata. Desde el suyo, la atmósfera se contrae en la dirección del movimiento. Las dos descripciones permiten que lleguen hasta nosotros. Aquí la relatividad no aparece en un agujero negro. Te atraviesa mientras lees esto.
Einstein añadió después la gravedad al problema. La relatividad general predice que los relojes avanzan a ritmos distintos según el campo gravitatorio en el que se encuentren. Tampoco hace falta acercarse a un agujero negro para comprobarlo. En 2010, un equipo del National Institute of Standards and Technology comparó dos relojes atómicos de aluminio separados por apenas treinta y tres centímetros de altura. El reloj situado más arriba, sometido a una gravedad ligeramente menor, avanzó un poco más deprisa.
Tu cabeza envejece algo más rápido que tus pies. No mucho. No hace falta empezar a dormir boca abajo. Pero ocurre.
En los satélites, la diferencia deja de ser una curiosidad. Los relojes del sistema GPS sufren a la vez el efecto de su velocidad y el de una gravedad más débil. El sistema incorpora correcciones relativistas porque, sin ellas, los errores de posición crecerían hasta volver inútil la navegación. Einstein no solo cambió nuestra idea del universo. Ayuda a que el móvil sepa dónde estás.
El problema más profundo no es que el tiempo pueda estirarse. Es que muchas leyes fundamentales de la física no muestran una dirección temporal favorita. Las ecuaciones de Newton funcionan hacia delante y hacia atrás. Las de Einstein también. Buena parte de la mecánica cuántica conserva esa simetría. En el papel, el pasado y el futuro se parecen demasiado.
Graba una taza cayendo al suelo y rompiéndose. Después reproduce el vídeo al revés. Los fragmentos saltan desde las baldosas y reconstruyen la taza. Tu cerebro reconoce enseguida que algo no encaja, pero las leyes microscópicas no contienen un letrero que prohíba recomponer cerámica.
La razón por la que no lo ves en la cocina es estadística. Hay muchas más formas de que una taza esté rota que de que permanezca entera. Muchísimas más maneras de mezclar la leche con el café que de conseguir que ambos líquidos se separen solos. También hay más formas de que una habitación se desordene que de que se ordene mientras tú sigues en el sofá. A esa diferencia entre estados posibles la llamamos entropía.
La flecha del tiempo parece nacer de ahí. El universo observable comenzó en un estado de entropía extraordinariamente baja y, desde entonces, se expande y evoluciona hacia configuraciones más probables. La dirección que sentimos no estaría pintada sobre el suelo de la realidad. Sería el resultado macroscópico de una avalancha estadística iniciada hace unos 13.800 millones de años.
Einstein dejó una de sus reflexiones más famosas sobre este asunto en un lugar extraño. Cuando murió su amigo Michele Besso en 1955, escribió a la familia que Besso se había adelantado un poco al abandonar este mundo, aunque aquello no significaba nada. Para quienes creían en la física, añadió, la distinción entre pasado, presente y futuro era «una ilusión persistentemente obstinada».
Como consuelo funerario es discutible. Como frase sobre el universo, es brutal.
La idea encaja con lo que suele llamarse universo bloque. El espacio y el tiempo formarían una estructura completa en la que todos los acontecimientos tienen su lugar, como todas las páginas de un libro ya encuadernado. Tú lees una línea y después la siguiente, pero el resto del libro no aparece porque hayas pasado la página. Ya estaba allí. Esta interpretación no es la única posible de la relatividad, pero muestra hasta dónde puede llevarnos la desaparición de un presente universal.
Y mientras la física discutía si el tiempo fluye o si somos nosotros quienes tenemos la sensación de fluir, el cuerpo continuaba a lo suyo. Y no todos los cuerpos viven el mismo ahora.
En 2013, Kevin Healy y sus colegas analizaron datos de percepción visual de decenas de especies de vertebrados. El estudio, publicado en Animal Behaviour, relacionó una mayor resolución temporal con cuerpos pequeños y metabolismos rápidos. Una mosca doméstica puede distinguir cambios visuales que para nosotros se funden en una imagen continua. Cuando tu mano se acerca, la mosca no presencia un relámpago inevitable. Recibe más fotogramas del movimiento y dispone de margen para apartarse. Tú crees que has sido rápido. Ella lleva un rato viéndote venir.
La mosca no ha leído a Einstein. Su mundo tiene otro ritmo.
El presente humano tampoco es tan limpio como parece. En 1890, William James llamó «presente especioso» a la breve ventana temporal que experimentamos como ahora. No vivimos en un punto matemático sin grosor. El cerebro agrupa sonidos, imágenes y sensaciones durante un intervalo corto y los convierte en una experiencia continua. Por eso entiendes una frase y no una lluvia de sílabas. Por eso escuchas una melodía en lugar de notas aisladas. Por eso ves una acción y no una colección de fotografías.
El ahora es un montaje del cerebro.
La física cuántica llevó la cuestión a un lugar aún más peculiar. En 1967, Bryce DeWitt desarrolló en Physical Review el programa de gravedad cuántica que John Wheeler llevaba años impulsando. La ecuación que hoy llamamos Wheeler DeWitt intenta describir el estado cuántico del universo completo. En su forma canónica no contiene una variable temporal externa como la que usamos en la mecánica cuántica ordinaria.
Dicho de otra manera, en una de las tentativas más ambiciosas para describir el cosmos entero, el tiempo deja de aparecer como ingrediente básico. Eso no demuestra que el tiempo sea una ilusión ni resuelve la gravedad cuántica. Abre, sin embargo, el llamado problema del tiempo. Si la ecuación fundamental parece inmóvil, ¿de dónde sale el universo cambiante que experimentamos?
Carlo Rovelli propone pensar en algo familiar. La temperatura existe. Puedes quemarte con una sartén y congelarte en la nieve. Sin embargo, cuando bajas al nivel microscópico no encuentras una sustancia llamada temperatura. Encuentras partículas moviéndose y chocando. La temperatura aparece cuando describimos el comportamiento colectivo de muchas partículas.
El tiempo podría ser algo parecido. A nuestra escala existe de sobra. Hay cumpleaños, heridas que cicatrizan, padres que envejecen, hijos que crecen, facturas pendientes, domingos por la tarde, trenes que se pierden y mensajes que llegan tarde. Al descender hacia la estructura más profunda de la realidad, quizá deje de ser una pieza independiente y aparezca como una relación entre cambios.
Julian Barbour ha llevado esta idea más lejos. En su propuesta, el universo no sería una película que se proyecta, sino una colección de configuraciones completas. Cada una contiene rastros que nos hacen interpretar otras configuraciones como pasado. Lo que llamamos flujo temporal sería la experiencia de relacionarlas, no una corriente física que las atraviesa.
Es una hipótesis discutida, no una conclusión experimental. Esta distinción importa. La relatividad demuestra que no existe un reloj universal. La termodinámica explica por qué aparece una dirección temporal. Algunas formulaciones de la gravedad cuántica sugieren que el tiempo podría no ser fundamental. De ahí a afirmar que no existe hay un salto filosófico, pero ya no es un salto absurdo.
Agustín, desde otro mundo y con otro lenguaje, había llegado a una intuición cercana. Al pensar en los tres tiempos, escribió que el presente de las cosas pasadas es la memoria, el presente de las cosas presentes es la percepción y el presente de las cosas futuras es la espera. Pasado, presente y futuro serían tres maneras de estar en el ahora.
Nunca estás en el pasado. Lo recuerdas ahora. Nunca estás en el futuro. Lo imaginas ahora. Y cuando alcanzas ese futuro, si llegas, ya no es futuro. Es presente otra vez.
Pensamos el tiempo como un punto que avanza por una línea tendida entre lo que fue y lo que será. Puede que esa línea no exista fuera de nuestras descripciones. Puede que tiempo sea el nombre que damos al cambio, a las relaciones entre acontecimientos y a la necesidad humana de convertirlos en una historia que podamos soportar.
Lo hemos medido con sombras, agua, arena, engranajes, péndulos, cuarzo y cesio. Lo hemos rezado en monasterios, vendido por horas, utilizado para cruzar océanos, sincronizado con trenes, reformado mediante revoluciones y corregido en satélites para que tú y yo no nos perdamos. Cuanto menos sabíamos qué era, más profundamente organizaba nuestras vidas.
Hemos construido civilizaciones enteras alrededor del tiempo. Sin embargo, cuando la física intenta describir el universo desde el fondo, ese tiempo sólido, universal y obediente empieza a deshacerse.
Puede que Agustín no estuviera confesando ignorancia. Puede que estuviera viendo el problema con demasiada claridad.
El tiempo no existe.