Hace 930.000 años, en algún lugar del este de África, había un grupo de homínidos pasándolo mal. Cazaban lo que encontraban, dormían cerca del fuego cuando lo conseguían encender, enterraban a los suyos sin demasiado ceremonial. Morirse joven era el plan estándar. Hasta aquí, una postal pleistocena cualquiera. Lo que no era estándar es que estaban contados. Si hubieras podido convocarlos a todos en un mismo valle del Rift y pasarles lista uno por uno, habrías terminado antes del anochecer. Mil doscientos ochenta individuos en edad reproductiva. Eso era la especie entera.

No la población local de un valle. No los miembros de una tribu. La especie. En todo el planeta. Si en aquel momento hubiera existido un Doomsday Clock como el que el Bulletin of the Atomic Scientists mantiene desde 1947 para medir cuánto le queda a la civilización antes del fin, las manecillas habrían marcado un segundo a la medianoche. Quizá medio. Las grandes especies, cuando se quedan en cuatro cifras de individuos, no suelen volver al pizarrón. Los rinocerontes blancos del norte van por dos. Las vaquitas marinas, por una decena. La cuenta atrás del sapiens, en aquel valle imaginario, marcaba 1.280, y se mantuvo en torno a esa cifra durante los siguientes ciento diecisiete mil años. Una bóveda de tiempo veinte veces más larga que toda la historia escrita.

Y ahí seguimos. Aquí seguimos.

Lo de los 1.280 lo descubrió un equipo dirigido por Wangjie Hu, biólogo computacional formado entre la East China Normal University de Shanghái y la Academia China de Ciencias, en un paper publicado en Science el 31 de agosto de 2023. La pregunta de fondo era vieja como la propia genética de poblaciones: ¿cuánta gente había en cada momento de nuestra prehistoria? El problema era que para cualquier ventana anterior a 400.000 años atrás, que es donde se acaba el ADN antiguo recuperable, los métodos clásicos se quedaban ciegos. Hu, junto con Yi-Hsuan Pan, Yun-Xin Fu y el paleoantropólogo italiano Giorgio Manzi de la Universidad Sapienza de Roma, desarrolló un método nuevo bautizado FitCoal (fast infinitesimal time coalescent process), que en vez de mirar fósiles que no existen mira el ADN de gente que sí existe. Concretamente, el de 3.154 personas vivas hoy, repartidas entre diez poblaciones africanas y cuarenta no africanas, casi todo el catálogo del 1000 Genomes Project y del Human Genome Diversity Project.

Si todos los humanos modernos llevamos copias modificadas de los genes de nuestros antepasados, el grado de variación entre nuestros genomas es proporcional al tamaño de la población en cada momento del pasado. Mucha variación, mucha gente. Poca variación, poca gente. Hu y los suyos rebobinaron la película hasta que las cifras les empezaron a cantar. Lo que encontraron fue un agujero. Entre 930.000 y 813.000 años atrás, la población reproductora del linaje que nos lleva a nosotros se desploma desde unos 100.000 individuos hasta 1.280. Una caída de un 98,7%. Y ahí se queda, en torno a esa cifra, durante 117.000 años. Antes y después de esa ventana hay actividad genética normal. Dentro, casi nada. Como si alguien hubiera apagado las luces del piso de arriba.

La hipótesis dominante para explicar el agujero es climática. Coincide con la transición del Pleistoceno temprano al medio, una era de glaciaciones bestiales en Eurasia, sequías prolongadas en África y desaparición masiva de especies que hasta entonces habíamos cazado. Homo heidelbergensis, el ancestro común que se cree que vivió en aquel periodo, debió pasarlas mal en un planeta que no daba ni para alimentar a las pocas familias que quedaban. Lo más curioso es lo que vino después. Hu y su equipo proponen, con prudencia, que aquellos 117.000 años de soledad genética pudieron ser exactamente el cuello de botella que disparó la siguiente fase de la evolución humana: el ancestro común último de modernos, neandertales y denisovanos. La especiación, en biología, suele requerir poblaciones pequeñas y aisladas. Y nosotros, durante más de cien mil años, fuimos el caso de libro de texto.

No todos están convencidos. Nick Ashton, del British Museum, y Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, dos de los paleoantropólogos más respetados del mundo, publicaron un Perspective en el mismo número de Science señalando que las cifras dependen de supuestos sobre tasas de mutación y tiempo generacional, y que la falta de fósiles del periodo (precisamente el problema que motivó el estudio) impide una validación cruzada inmediata. Aaron Ragsdale, de la Universidad de Wisconsin-Madison, fue más escéptico: en su opinión la caída pudo ser real pero menos dramática. La cifra exacta seguramente se moverá. Lo que ya nadie discute es que aquello pasó. La especie estuvo, en algún momento del Pleistoceno medio, a un palmo de no estar.

Hay una consecuencia bonita y tangible de aquello que se nota incluso hoy. Cuando un genetista compara el genoma de dos humanos cualesquiera del planeta (un masai del Serengueti con un islandés, una aborigen australiana con un inuit canadiense), la diferencia genética entre ellos es ridículamente pequeña. Más pequeña, de hecho, que la que existe entre dos chimpancés cualesquiera del bosque de Tai, en Costa de Marfil, separados por un día caminando. Lo que somos genéticamente no es una especie ancha; es una especie estrecha, un puñado de copias casi idénticas saliendo de un mismo embudo. Aquel embudo. Si hoy somos 8.200 millones de humanos genéticamente parecidos, es porque hace 900.000 años fuimos 1.280 humanos genéticamente parecidos. Lo que aquellos sobrevivientes pasaron, lo pasamos todos los demás, con apariciones puntuales de variación local. Cuando alguien dice que la humanidad somos una sola familia, no está poniéndose poético. Está diciendo, literalmente, que tu árbol genealógico y el de cualquier otro humano del planeta convergen en un grupo del tamaño de un instituto.

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Si vienes de 1.280 antepasados y eres uno entre 8.200 millones, se me ocurre una pregunta: ¿cuántos hemos sido en total? La respuesta la mantienen al día Toshiko Kaneda y Carl Haub, dos demógrafos del Population Reference Bureau (PRB) de Washington que llevan haciendo y rehaciendo este cálculo desde 1995, con la última revisión publicada en 2022. Pide tres ingredientes: una fecha de inicio (toman 200.000 años atrás, cuando aparece el sapiens moderno), una población estimada para cada periodo histórico, y unas tasas de natalidad razonables, alrededor de 80 por mil al año hasta el principio de la era cristiana, valores cada vez menores conforme avanzamos. Sumando todo, salen unos 117.000 millones de bebés que han abierto los ojos sobre este planeta.

Y, si hemos sido 117.000 millones en total y somos 8.200 millones ahora, significa que uno de cada catorce humanos que han existido alguna vez está vivo en este momento. El siete por ciento. Sietecitos. Una proporción que choca con la imagen mental que cualquiera tiene de sí mismo como un punto diminuto dentro de una procesión interminable. La procesión existe, pero no es interminable. Es solo larga. Cuando Arthur C. Clarke escribió 2001: una odisea del espacio en 1968, dejó caer una frase que entonces era casi cierta: detrás de cada hombre vivo hay treinta fantasmas. Hoy hay trece. Estamos sustituyendo fantasmas por presentes a un ritmo que ningún periodo anterior de la historia ha conocido.

Hubo una versión más vendedora de esta idea que conviene desmontar antes de que alguien te la suelte en una cena. En 2010, el periodista británico Fred Pearce publicó The Coming Population Crash y deslizó allí una afirmación con la que luego The Economist y media docena de podcasts hicieron sus delicias: la mitad de todos los humanos que han llegado a los 65 años en toda la historia están vivos hoy. Es lo bastante alucinante para que un equipo de demógrafos vieneses dirigido por Miguel Sánchez-Romero, de la Academia Austriaca de las Ciencias, decidiera comprobarla con datos. En 2017 publicaron el resultado en Demographic Research, con un título que no admitía discusión: How many old people have ever lived?. Pearce se equivocaba, y mucho. La cifra real, en cualquier modelo realista, está entre el 5,5% y el 9,5%. Sigue siendo un número gordo (cualquiera de cada diez personas mayores de 65 años de toda la historia camina hoy entre nosotros), pero no es la mitad. Las medias verdades grandes no necesitan ser ciertas para correr; necesitan ser llamativas, y esta lo era.

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¿Y cuánto espacio ocupamos en el planeta los que estamos vivos? Mucho menos del que parece desde un atasco de la M-30. Si pones a las 8.200 millones de personas hombro con hombro, comprimidas a la densidad de un metro de Tokio en hora punta (unas diez personas por metro cuadrado, cifra que el bloguero estadounidense Tim Urban dimensionó en 2015 con datos verificados desde entonces), la humanidad entera ocupa unos 820 kilómetros cuadrados. Eso es algo más que la ciudad de Nueva York con sus cinco distritos sumados. La humanidad apretadita, dentro de un solo término municipal del nordeste estadounidense.

Si subimos un poco la dignidad y le damos a cada uno la densidad real de Mónaco, el principado más denso del mundo (alrededor de 26.000 habitantes por kilómetro cuadrado en los datos de Naciones Unidas para 2024), los 8.200 millones ocuparíamos algo más de la mitad de la Península Ibérica. Concretamente 315.385 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a Polonia o a la España peninsular sin las islas. Y si decidiéramos llenar toda Iberia a esa misma densidad, cabríamos quince mil millones de personas dentro, casi el doble de la humanidad actual, con espacio sobrante para los hipotéticos siete mil millones más que harían falta para llegar al pico demográfico que la ONU proyecta para finales de siglo.

La humanidad ocupa, físicamente, una fracción del planeta que oscila entre lo minúsculo y lo ridículo. La Tierra tiene 510 millones de kilómetros cuadrados, de los que unos 149 millones son tierra firme. Estamos en una ratio de aproximadamente uno a quinientos: por cada metro cuadrado que ocuparíamos densamente apretados, hay quinientos esperando vacíos en algún lugar del mundo. El planeta no está lleno de personas. Está, en una proporción asombrosa, vacío de personas, con ciertos manchones muy concentrados (Tokio, El Cairo, Lagos, Bombay) que distorsionan la percepción de quienes vivimos en ellos.

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¿Vamos a ser muchos más? No. La idea de un planeta humano siempre creciente, alimentada durante el siglo XX por libros como La bomba demográfica (Paul Ehrlich, 1968) y por décadas de narrativas malthusianas que predijeron hambrunas globales para 1985, ya no se sostiene. El último informe World Population Prospects, publicado por la División de Población de Naciones Unidas en 2024, proyecta que la población mundial seguirá creciendo durante unas seis décadas más, hasta tocar techo en torno al año 2084 con unos 10.300 millones de habitantes. Después, empieza la cuesta abajo. Para 2100 quedaríamos alrededor de 10.200 millones, y la curva sigue bajando. Algunos economistas, como Jesús Fernández-Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, sostienen que las cifras de la ONU están todavía algo infladas y que el pico real podría adelantarse a 2055.

La razón es la fertilidad. La tasa de fecundidad global está hoy en 2,25 hijos por mujer, justo por encima del nivel de reemplazo (2,1, la cifra que mantiene una población estable de generación en generación). En 1970 estaba en 4,8. Más de la mitad de los países del mundo, exactamente el 55%, tienen ya tasas por debajo del reemplazo. Corea del Sur, el país menos fecundo del planeta, está en 0,73, lo que en cristiano significa que cada generación coreana es un 65% más pequeña que la anterior. Sesenta y tres países, incluidos China, Japón, Italia, Alemania, España, Rusia y Tailandia, han pasado ya su pico poblacional. Una de cada cuatro personas vive ya en un país que está encogiendo. China va a perder más de la mitad de sus habitantes antes de 2100, regresando al tamaño que tenía a finales de los años cincuenta. Mil millones menos, en un solo siglo.

El cuadro es extraño y conviene masticarlo despacio. Somos más, en la fotografía histórica de la especie, que nadie haya sido nunca. Ocupamos físicamente un rincón pequeño del planeta. Y vamos a empezar a ser menos en la próxima generación. La cresta de la ola que veíamos al principio (el 7% de todos los humanos vivos hoy) marca el techo. Después de cada cresta, viene la otra cara.

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La especie no ha tenido una historia tranquila. Hace 930.000 años éramos casi nadie y aguantamos. Hace 74.000 años, en la isla indonesia de Sumatra, el supervolcán Toba protagonizó la mayor erupción de los últimos 28 millones de años: setecientas millas cúbicas de magma, suficiente ceniza en la estratosfera para bajar la temperatura global entre cinco y nueve grados durante una década, una explosión equivalente a un millón de toneladas de TNT. Algunos paleoantropólogos como Stanley Ambrose, de la Universidad de Illinois, defendieron durante años que aquel invierno volcánico nos estranguló hasta unos diez mil individuos reproductores, casi rematando lo que ya había estado a punto de cerrarse 800.000 años antes. La hipótesis está hoy bastante cuestionada (yacimientos en India y Sudáfrica muestran continuidad humana después de la erupción), pero la imagen de fondo se sostiene: cuando la naturaleza nos pone a prueba, salimos del paso por los pelos.

Hace 670 años, entre 1347 y 1353, la peste negra borró del mapa entre el 30% y el 60% de la población europea, según las estimaciones revisadas al alza desde 2004 por historiadores como Ole Benedictow. Cincuenta millones de muertos en seis años. Ciudades enteras, vacías. La población de Europa no recuperó los niveles de 1346 hasta el siglo XVI, ciento cincuenta años más tarde. Y, paradójicamente, los supervivientes vieron multiplicarse su poder adquisitivo: con menos brazos para los mismos campos, los salarios reales se duplicaron, las dietas mejoraron, los siervos se hicieron menos siervos. La catástrofe demográfica más bestia de la historia europea fue también, para los que quedaron, una mejora material sin precedentes.

Hace cien años, la gripe española de 1918 infectó a quinientos millones de personas (un tercio del planeta) y mató a unos cincuenta millones, según la cifra de Johnson y Mueller que mantienen como referencia el CDC y la mayoría de epidemiólogos hoy. La esperanza de vida en Estados Unidos cayó doce años en uno solo. Y según los datos de Our World in Data, fue probablemente la última vez en toda la historia conocida en que la población mundial decreció. Hace setenta, fuimos dos mil millones; hace treinta, seis mil. Cada una de esas curvas, las de caída y las de subida, habría parecido el fin del mundo a quien la vivió desde dentro. Ninguna lo fue. Las curvas se cierran como se abren, casi siempre.

Mil doscientos ochenta personas con piedras afiladas, sin escritura, sin medicina, sin cosechas estables, sin lenguaje complejo demostrado, levantaron una especie de la que cuelga todo lo demás. Si aquellos pudieron, los próximos diez mil millones, con bibliotecas, satélites, vacunas, sistemas de alerta temprana e instituciones que aprenden de sus propios errores, tienen un margen de error razonable. La curva siguiente del sapiens baja, despacio y controlada, y eso, que asusta a quien mira el PIB, es una novedad estadística más que un problema antropológico. Hemos hecho cosas más difíciles con muchos menos recursos.

La maquinaria que tenemos en la cabeza para pensar lo que somos sigue siendo, esencialmente, la del cazador frente a su fuego. Le da miedo lo grande, le da pena lo que se va, le cuesta ver el dibujo entero. Pero el dibujo entero es, mire por donde se mire, alentador. Una especie que con 1.280 individuos no se extinguió no es una especie a la que las próximas curvas vayan a derrotar.